La multitud está y me desconoce;
alrededor de mí, callada y ciega,
como el ala que al trino se le niega,
me aparta toda luz y todo roce.
Tallo de olvido, el rostro, en esa pose,
cuando florece el cántaro que riega,
envidioso de luz corre y lo anega;
-desvanece el encanto al dar las doce-
Fiera de amor, de pena amanecida,
en esta dimensión de mi desierto,
viene a caer el alma entristecida.
Y, en esta soledad, hoy me despierto,
con mi pasión de ayer restablecida
y la versión del sol que he descubierto.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario